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Cada vez más marcas adoptan el discurso pet friendly, pero muchas siguen sin entender qué implica realmente convivir con una mascota dentro de la experiencia cliente.
Silvia Martín Vila es estratega en Pet Parent Marketing. Trabaja con marcas pet y con marcas no-pet que quieren llegar al consumidor pet parent sin caer en pet washing.
Cada vez más marcas quieren parecer pet friendly. Y muchas lo son… más o menos. Porque aceptar perros no es lo mismo que haber pensado realmente la experiencia de alguien que convive con uno.
Ahora que muchas ciudades empiezan a obligar a bares, hoteles o restaurantes a indicar claramente si aceptan animales o no, probablemente vamos a empezar a ver mucho de eso. Espacios que se suben rápido al discurso pet friendly sin haber revisado después qué ocurre cuando el cliente entra por la puerta con su perro.
Lo vemos constantemente. Hoteles donde puedes dormir con tu mascota, sí, pero donde toda la experiencia parece diseñada para que el animal moleste lo menos posible. Ni un bebedero en recepción. Ni un detalle en la habitación. Ni la sensación de que alguien entendió cómo viaja realmente una persona con perro. El cartel está. El cariño, no siempre.
Y ahí empieza a verse algo muy parecido a lo que ya pasó hace años con el greenwashing. Hay marcas que adoptan la estética, el lenguaje o el discurso porque conecta con el consumidor, aunque luego la experiencia vaya por otro lado. El pet washing funciona un poco así.
Hay empresas que anuncian orgullosas que ya puedes llevar el perro a la oficina. Luego llegas y no hay espacios preparados, ni normas coherentes, ni una convivencia mínimamente pensada. Todo queda bien en LinkedIn, pero mal en el día a día.
O pasa también con ciertas “áreas para perros” que algunas ciudades habilitan para decir que son pet friendly. Hace unos días hablaba del centro comercial Westfield la Maquinista de Sant Andreu con el detalle de sus bebederos para mascotas como algo positivo. Bueno, la realidad es que estaban secos e incluso usados como ceniceros. Técnicamente existe un área para perros. En la práctica, lo que transmite es otra cosa bastante distinta.
Eso también comunica. Y ocurre incluso con marcas que intentan entrar en el universo pet sin preguntarse antes si realmente tienen algo que aportar. Esta semana, por ejemplo, la marca de skincare Glossy lanzaba una colección para mascotas. ¿Productos de cuidado adaptados a la piel animal? No. Bolsitas para deposiciones y arneses con el logo de la marca. Nada relacionado con su conocimiento original ni con una necesidad real del pet parent. Simplemente estética pet aplicada sobre merchandising.
Justo lo contrario de lo que hacen marcas como Better. Después de 90 años trabajando el cuidado capilar humano, la marca ha lanzado una línea de grooming para mascotas desde un lugar mucho más coherente. El mensaje se entiende enseguida: sabemos cuidar el pelo humano y ahora aplicamos esa experiencia al cuidado de los nuevos miembros de muchas familias. Ahí sí existe una lógica de marca detrás.
Porque el consumidor pet parent se fija muchísimo en esos detalles. Detecta enseguida cuándo una marca ha pensado de verdad en la convivencia con animales y cuándo simplemente ha entendido que los perros funcionan bien en campaña.
Y la diferencia suele ser bastante pequeña. Una terraza donde no te hacen sentir incómodo al entrar con tu perro. Un hotel donde encuentras agua preparada sin tener que pedirla. Una tienda donde el animal deja de sentirse tolerado para sentirse integrado dentro del espacio. No hace falta convertir todo en un parque canino. Hace falta coherencia.
Porque aquí el problema no es decidir ser pet friendly o no serlo. Ambas cosas son válidas. Hay negocios donde tiene sentido y otros donde no. El problema aparece cuando una marca quiere apropiarse de un discurso sin asumir todo lo que implica después.
El consumidor ya no busca únicamente permiso. Busca consideración. Y eso es bastante más difícil de fingir.
Las marcas que lo entienden no suelen ser las que más hablan de mascotas. Son las que consiguen que la convivencia sea más fácil, más cómoda y más natural. A veces con cosas mínimas. Pero pensadas. Porque al final, ser pet friendly no va de dejar entrar perros. Va de cómo haces sentir a quienes viven con ellos.