por Retail Actual 12 de junio, 2026
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Los platos preparados y congelados necesitan dar un paso adelante. No para abandonar su funcionalidad, sino para elevarla. No para dejar de ser fáciles, rápidos o convenientes, sino para convertir esa conveniencia en algo culturalmente significativo. Articulo de Pablo Vázquez Cagiao, experto en marcasChief Strategy & Brand Officer de BOB Agency.

Durante décadas, la cocina fue uno de los centros simbólicos del hogar español. Era el lugar donde se preparaba la comida, pero también donde se organizaba la vida familiar, se transmitían recetas, se improvisaban conversaciones y se sostenía una parte importante de nuestra identidad cotidiana.

Pero esa cocina está cambiando. No necesariamente desaparece, pero sí se transforma. Se hace más pequeña, más funcional, más integrada en el salón, más dependiente de electrodomésticos rápidos y menos pensada para largas elaboraciones. En muchos hogares, especialmente urbanos y jóvenes, la cocina empieza a parecerse menos a un espacio de preparación y más a una estación de resolución: microondas, airfryer, frigorífico, congelador y poco más.

La pregunta ya no siempre es “¿qué voy a cocinar?”, sino “¿qué puedo tener listo sin complicarme?”. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, cambia por completo el papel de las marcas de alimentación.

Los hogares son más pequeños... y menos previsibles

No es solo una cuestión de electrodomésticos. Es una cuestión de estilo de vida. Hogares más pequeños. Más hogares unipersonales. Rutinas más fragmentadas. Jornadas menos previsibles. Mayor carga mental. Menos tiempo. Menos conocimiento culinario transmitido entre generaciones. Más presión económica. Más necesidad de soluciones inmediatas que no obliguen a renunciar del todo al placer, al sabor o a cierta idea de cuidado.

En ese contexto, los platos preparados y congelados encajan de forma natural con la vida de millennials, jóvenes familias, hogares unipersonales y consumidores urbanos que ya no organizan su alimentación alrededor de la cocina tradicional, sino alrededor de la gestión del día. Son productos que resuelven, permiten improvisar, evitan el delivery, reducen desperdicio, facilitan una cena rápida, una comida de oficina, un picoteo de fin de semana o una solución para niños cuando no queda energía para negociar.

Los datos confirman que no hablamos de una intuición, sino de una transformación de mercado. Según el Observatorio Sectorial DBK de Informa, tras crecer un 5,6% en 2024, las ventas de platos preparados en España cerrarían 2025 con un nuevo crecimiento cercano al 4%, hasta alcanzar los 4.340 millones de euros. La categoría no solo resiste: avanza.

La fotografía del consumidor apunta en la misma dirección. El estudio Foodvenience de Aecoc (2026) señala que el 85% de los consumidores compra habitualmente productos listos para comer, beber o cocinar, y que entre el 58% y el 60% adquiere platos preparados del supermercado al menos una vez por semana.

El consumidor cambia, el mercado cambia

Mercadona es probablemente el ejemplo más evidente de hasta qué punto esta transformación está reordenando el tablero. Su sección “Listo para Comer” no es solo una innovación de surtido. Es una declaración estratégica. La cadena ha entendido que el supermercado ya no compite únicamente por llenar la despensa, sino por resolver ocasiones de consumo que antes pertenecían a la hostelería, al menú del día, al delivery o a la cocina doméstica.

Las cifras dan la medida de la amenaza. Según datos publicados en 2026, la sección “Listo para Comer” de Mercadona facturó alrededor de 700 millones de euros en España en 2025. Si se suma toda su oferta de comida preparada en España y Portugal —incluyendo cremas, pollo envasado, pizza refrigerada y otras soluciones listas para consumir— el negocio asciende a unos 3.000 millones de euros, en torno al 7% de su facturación.

Para las marcas fabricantes, esta es una amenaza evidente. Si el retailer controla el espacio, la relación, el precio, el dato, la proximidad y además empieza a controlar también la ocasión de consumo, las marcas corren el riesgo de quedar reducidas a referencias de lineal.

Fácil para preparar y en airfryer

Y ahí está la gran paradoja de la categoría: mientras la sociedad ha movido la cocina, la comunicación de muchos platos preparados y congelados sigue atrapada en un relato demasiado pequeño basado en conveniencia y sabor: “Listo en minutos”. “Fácil de preparar”. “Crujiente”. “Sabroso”. “Ideal para airfryer”.

La conveniencia es un factor para competir, pero no para ganar. Hoy cualquier player puede prometer rapidez: la marca blanca, el retailer, el delivery, la restauración organizada o cualquier producto preparado del lineal. La promesa de sabor, primer driver en alimentación, es otra palanca con la que generar consideración de la que se abusa con promesas que necesitan que aparquemos nuestra incredulidad desde abordaje muy tópicos (el clásico mejor que las -pon aquí el producto que prefieras- que hacía tu abuela).

Categoría platos congelados

La categoría necesita mirar menos al producto y más a la vida real para conectar con las personas: pisos compartidos, gente que cena solo delante de una serie, grupos de amigos que quedan en casa, compañeros de pisos que comparten espacios comunes, pero no vidas, familias que necesitan llegar a una tregua para que la sangre no llegue al río. Ahí es donde los platos preparados y congelados pueden encontrar algo más poderoso que la funcionalidad: un papel reconocible en la vida cotidiana. La oportunidad está precisamente en representar con inteligencia, verdad -y humor cuando procede, un gran aliado de la categoría de alimentación y un ingrediente que puede ser muy oportuno-esos momentos pequeños donde la comida preparada no aspira a sustituir la cocina ideal, sino ser parte de la vida real.

La tensión no está en la conveniencia frente a lo que es socialmente válido como una comida “de verdad”. Es conveniencia contra identidad: queremos resolver fácil, pero seguir sintiendo que nuestra forma de comer habla bien de nosotros. Es cocina aspiracional contra cocina real: seguimos arrastrando una imagen idealizada de la comida casera, mientras muchas cenas ocurren entre una airfryer, una serie, una llamada pendiente y muy poca energía. Es planificación contra improvisación: aspiramos a tener la semana organizada, pero necesitamos recursos para cuando el día se desordena. Es ahorro contra pequeño placer: queremos gastar menos, pero no vivir en modo renuncia permanente. Ese es el salto que necesita la categoría: pasar de vender productos que resuelven comidas a construir marcas que resuelven tensiones de la vida cotidiana.

Y para eso hace falta más ambición comunicacional. La categoría necesita más precisión cultural, una mayor capacidad para observar que mundo vive en torno a la comida y convertir esas escenas en territorios de marca.

La pregunta estratégica para las marcas de platos preparados y congelados no debería ser solo: “¿qué producto lanzamos?” o “¿qué beneficio comunicamos?”. Debería ser mucho más vital

¿Qué momento de la vida española queremos hacer nuestro?
¿Qué tensión cotidiana podemos aliviar?
¿Qué comportamiento real podemos representar mejor que nadie?
¿Qué tensión cultural nos puede servir de palanca?
¿Qué papel podemos ocupar que la marca blanca no pueda copiar con facilidad?
¿Qué conversación podemos sostener durante años, no solo durante una campaña?

Porque si la respuesta sigue siendo “somos rápidos, ricos y fáciles”, la categoría seguirá creciendo, pero muchas marcas seguirán siendo reemplazables.

La verdadera pregunta es si las marcas están dispuestas a mirar más allá de la función y encontrar el papel cultural que pueden ocupar en la vida de las personas.

Tarradellas y Fripozo, dos casos a tener en cuenta

Marca como Tarradellas o Fripozo evidencian que otra comunicación es posible. Con Tarradellas, la pizza sigue siendo práctica, accesible y fácil de preparar, pero la comunicación la sitúa dentro de un espacio vital más relevante: la de los pequeños conflictos, negociaciones y momentos de encuentro que ocurren cada día en las casas. El “hacemos una pizza” como momento de tregua entre padres e hijos, como forma de acercar padres e hijos.

Fripozo, para la que trabajamos desde BOB Agency es otro ejemplo de marca con ambición cultural. Mientras muchas marcas de congelados han comunicado tradicionalmente desde la familia, la practicidad o el recurso de última hora, Fripozo identificó un territorio menos atendido: la quedada. No la gran celebración, ni el plan aspiracional, sino el encuentro cotidiano entre amigos. El sofá, la mesa baja, el “¿pedimos algo o hacemos unos nuggets?”, la noche improvisada que necesita muy poco para ocurrir. Ahí está el salto estratégico. Fripozo no se presenta solo como comida rápida de preparar, sino como facilitador de socialización. La marca entiende que, para jóvenes millennials y generación Z, compartir es una forma de pertenencia. Fripozo no es el protagonista de la quedada, es quien la hace posible. La conveniencia no desaparece; se resignifica. Ya no es solo “comida fácil”, sino comida que ayuda a estar juntos.

El aprendizaje de estos dos casos es claro. La categoría tiene mucho más recorrido cuando deja de hablar solo desde los básicos funcionales de la categoría y empieza a hablar desde los momentos, los códigos y las tensiones de la vida real.

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