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Artículo firmado por Verónica García Castelo, Presidenta de Adefam (Asociación de la empresa familiar de Madrid).
Decía Indra Nooyi, ex presidenta de Pepsico, que “nadie será recordado por llevarles ingresos a los accionistas. Te recordarán por el impacto que causaste en la sociedad”. Si esta afirmación es aplicable a cualquier compañía, cuando hablamos de empresas familiares cobra aún más sentido. Y más si tenemos en cuenta a aquellas que forman parte del sector retail.
Porque en un contexto de transformación profunda, en el que grandes plataformas, operadores internacionales y avances tecnológicos están redefiniendo la forma en que consumimos, compramos y nos relacionamos con las marcas, hay un actor que sigue demostrando una fortaleza y resiliencia extraordinarias: la pequeña y mediana empresa familiar.
Lejos de ser una figura del pasado, la empresa familiar continúa siendo uno de los pilares fundamentales del tejido económico y social. En el ámbito del retail, su presencia no solo es relevante, sino imprescindible. Dentro del comercio minorista, prácticamente todas, o lo que es lo mismo, el 95% a nivel nacional y 95,5 % en la Comunidad de Madrid, son empresas familiares, según datos del Instituto de la Empresa Familiar. Además, éstas representan valores como la cercanía, confianza, arraigo territorial y una capacidad de adaptación que, en muchos casos, supera a la de grandes estructuras empresariales.
Las pymes familiares, en general, sostienen una parte esencial del empleo y la actividad económica. Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, representan un pilar económico de primer orden, ya que la capital concentra más del 20% del total de empresas familiares de España —una de cada cinco—, que generan el 58,9% del empleo privado y aportan el 46,2% del Valor Agregado Bruto regional.
Pero su valor trasciende las cifras. Las empresas familiares son pilares de cohesión social, preservan el comercio de proximidad y mantienen viva la identidad de barrios y ciudades frente a la creciente homogeneización del mercado. Por eso, proteger su diversidad, y más en un sector como el del retail, no es solo una cuestión económica, sino también cultural y social.
Uno de sus rasgos más distintivos es la visión a largo plazo. Frente a modelos centrados en resultados inmediatos, las empresas familiares priorizan la continuidad y sostenibilidad del negocio, lo que se traduce en decisiones prudentes, una gestión responsable y un fuerte arraigo en su entorno.
En el retail actual, donde la experiencia del cliente marca la diferencia, esta cercanía se convierte en una ventaja competitiva clave, que posiciona a las empresas familiares por delante de otras. Porque son éstas las que construyen relaciones de confianza, conocen a sus clientes y ofrecen un trato personalizado difícil de replicar por grandes operadores globales.
Su capacidad de adaptación también ha quedado demostrada en contextos adversos como la pandemia del Covid19, que, aunque olvidada para algunos, nos dejó grandes aprendizajes. Muchas supieron reinventarse rápidamente, incorporando herramientas digitales y ajustando su propuesta de valor, lo que evidencia su flexibilidad y espíritu emprendedor.
Sin embargo, las empresas familiares enfrentan retos importantes, como puede ser la presión competitiva, el mercado laboral, el aumento de costes, la complejidad regulatoria y las dificultades de acceso a recursos, además del desafío del relevo generacional. Por eso, para garantizar su continuidad, es imprescindible impulsar medidas que favorezcan su desarrollo, desde la digitalización hasta un marco fiscal más adecuado.
Reivindicar su papel es hoy más necesario que nunca. Porque las empresas familiares no solo dinamizan la economía local, sino que representan un modelo más humano y sostenible. En un futuro del retail cada vez más híbrido, su capacidad para combinar tradición e innovación las posiciona como actores clave para un sistema económico más equilibrado y resiliente. Es precisamente ahí donde cobra todo el sentido la reflexión de Indra Nooyi. En un entorno obsesionado con los resultados a corto plazo, las empresas familiares siguen demostrando que el verdadero legado no se mide solo en cifras, sino en el impacto real que dejan en las personas, en las comunidades y en la sociedad en su conjunto.
Verónica García Castelo
Presidenta de Adefam