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Álvaro Ruiz de Gordoa, Director General de Logista Freight y El Mosca, aborda en este artículo de Retail Actual los principales retos del transporte de productos frescos y cómo la especialización, la tecnología y la sostenibilidad están redefiniendo el futuro de la logística agroalimentaria.
El sector hortofrutícola europeo compite hoy en un terreno donde la frescura ya no es solo una cualidad del producto, sino una variable económica. En mercancías perecederas, el tiempo se traduce directamente en valor: cada demora o ruptura de la cadena de frío reduce la vida útil, incrementa la merma y repercute en tres indicadores clave para el retail: el nivel de servicio, la estabilidad del surtido y el desperdicio. Por eso, en un entorno de creciente volatilidad, disponer de capacidad de transporte especializada, conocimiento de los corredores y control operativo ha dejado de ser una función de soporte para convertirse en una ventaja competitiva.
Los datos recientes invitan a una lectura matizada. Fepex constata que en 2025 las exportaciones españolas de frutas y hortalizas frescas crecieron en valor hasta 18.666 millones de euros, mientras el volumen se situó en torno a 12 millones de toneladas. Que el valor avance más que las toneladas puede responder al mix de producto o a la evolución de los precios, pero la conclusión relevante es otra: la rentabilidad no se consolida si los costes de producción y comercialización crecen al mismo ritmo o por encima. En este contexto, una logística fiable y bien planificada resulta determinante, porque incide tanto en la cuenta de resultados como en la reducción de la merma evitable.
A esa tensión se suma el hecho de que Europa es, a la vez, principal mercado y factor de concentración. La orientación comunitaria aporta cercanía y demanda, pero también expone al sector a cambios regulatorios, a la evolución del consumo y a episodios de disrupción con escaso margen de reacción. En la práctica, competir en Europa exige algo más que buen producto y demanda cumplimiento operativo sostenido, además de una cadena de suministro capaz de absorber variaciones sin trasladarlas en forma de roturas de stock o caídas de calidad.
En este punto conviene ampliar la mirada sobre la cadena de frío. Reducirla a «mantener grados» es quedarse corto: implica gestionar la continuidad del servicio, minimizar transbordos, acotar tiempos muertos, asegurar la trazabilidad y ejecutar con disciplina dentro de ventanas muy estrechas. En mercancías frescas, la excelencia consiste en ofrecer certidumbre mediante equipos especializados, medios adecuados y visibilidad sobre cada etapa del trayecto. Esa certidumbre está hoy sometida a nuevas presiones: acontecimientos geopolíticos que alteran rutas y costes energéticos, congestiones intermitentes, mayor complejidad documental y campañas condicionadas por episodios climáticos que modifican calendarios, orígenes y volúmenes.
De ahí que una de las evoluciones más claras del sector sea la necesidad de una multimodalidad pragmática. La carretera seguirá siendo la columna vertebral del fresco intraeuropeo, especialmente en carga completa (FTL), pero la resiliencia se construye combinando capacidades especializadas. Según el destino, el valor y la urgencia de la mercancía, cobra sentido integrar el transporte terrestre con distribución capilar y paquetería cuando el mercado exige fragmentación y alta frecuencia, y activar alternativas marítimas o aéreas cuando aportan continuidad, rapidez o permiten reconfigurar rutas. La clave no es añadir complejidad, sino coordinar una solución integral para que el cliente perciba simplicidad, con un único hilo de control desde el origen hasta el destino y con la cadena de frío protegida.
Ahora bien, ninguna arquitectura logística funciona sin capacidad real. En el transporte hortofrutícola, esa capacidad exige planificación, estabilidad y medios especializados, especialmente durante los picos de campaña y en corredores de alta exigencia. En este contexto, la flota propia y los esquemas estables de capacidad constituyen un diferencial: permiten anticipar recursos, reducir cancelaciones, sostener los programas de entrega y responder con mayor agilidad ante cambios de volumen o de ruta. Cuando el producto es perecedero, esta previsibilidad se traduce directamente en continuidad de servicio y protección de su valor.
A esta complejidad se suma la evolución de los costes del transporte. Combustible, personal, mantenimiento y renovación de flota tienen un peso creciente y, sobre todo, están sujetos a una mayor incertidumbre. En transporte refrigerado, donde la tolerancia al fallo es mínima, la respuesta no puede limitarse a la negociación de tarifas: exige aprovechar mejor la capacidad, reducir kilómetros improductivos, optimizar rutas, mejorar la planificación y elevar la visibilidad sobre la operación. El objetivo no es abaratar un tramo aislado, sino optimizar el coste total de servir al mercado sin degradar la calidad ni la fiabilidad.
El sector, además, reordena su mapa productivo con tendencias de relocalización o deslocalización parcial, campañas más irregulares y shocks externos que obligan a replantear corredores y tiempos. En este escenario, la logística no es el final de la cadena, es un instrumento para gestionar riesgo y sostener el acceso al mercado.
Desde esta perspectiva, la industria necesita socios logísticos capaces de integrar cadena de frío, capacidad de transporte y multimodalidad con una operativa estable y trazabilidad de extremo a extremo. En Logista reunimos la especialización de Logista Freight y El Mosca by Logista para ofrecer una respuesta integral al sector hortofrutícola: experiencia en transporte terrestre FTL, flota propia, conocimiento de los principales corredores europeos y acceso coordinado a soluciones de paquetería, transporte marítimo y aéreo. Esta combinación nos permite reforzar la continuidad en campañas críticas, adaptarnos a variaciones de volumen y proteger la mercancía desde el origen hasta el punto de venta. Porque, en productos frescos, la competitividad no se declara: se entrega cada día.