Empresas Premium
Un reciente estudio elaborado por AINIA en el marco del proyecto europeo BreadCrumb pone cifras a una tendencia cada vez más visible en supermercados e hipermercados. Lejos de la imagen de rechazo que durante años ha acompañado a los llamados “productos feos”, los datos dibujan un escenario mucho más favorable. Más de seis de cada diez consumidores se muestran dispuestos a comprar alimentos elaborados con materias primas que presentan imperfecciones estéticas, siempre que mantengan las garantías habituales de calidad y seguridad alimentaria.
No se trata, además, de una compra puntual. Una mayoría reconoce haber adquirido alguna vez este tipo de productos, lo que apunta a un cambio de percepción progresivo: la apariencia deja de ser un veto automático y pasa a interpretarse como un rasgo natural o incluso auténtico, especialmente en categorías frescas y de origen vegetal.
El estudio identifica a las frutas y verduras como las grandes beneficiadas de este nuevo enfoque comercial. Son categorías donde el consumidor asume con mayor naturalidad la variabilidad estética y donde la aceptación de formatos no estándar es especialmente elevada.
Pero el verdadero recorrido para la industria y el retail aparece en los productos transformados. Purés, harinas, copos de cereales, ingredientes funcionales o aromatizantes elaborados a partir de materias primas descartadas por criterios estéticos abren la puerta a nuevas líneas de valor añadido, sin que la imperfección resulte visible para el consumidor final.
En este terreno, la clave ya no está en el aspecto, sino en el relato: utilidad, seguridad, calidad y un posicionamiento claro en el lineal.
Pese a esta mayor apertura, la apariencia continúa teniendo peso en la decisión de compra. El consumidor asocia el aspecto del alimento con atributos como sabor, textura o seguridad. Sin embargo, lo relevante no es la imperfección en sí, sino la interpretación que se hace de ella.
Formas irregulares o tamaños no homogéneos pueden jugar a favor si se comunican como parte de un proceso menos industrializado o más natural. Por el contrario, señales asociadas al deterioro —manchas oscuras, golpes o moho— siguen activando alertas y rechazo inmediato.
El informe subraya un punto clave: el canal importa, y mucho. La mayor parte de los consumidores declara sentirse más seguro comprando estos productos en supermercados e hipermercados, donde la confianza en los controles y la trazabilidad es mayor.
Eso sitúa al retail en una posición privilegiada —y responsable— para normalizar este tipo de alimentos. Pero no vale con colocarlos en un rincón “alternativo”. La investigación apunta a varios factores decisivos: información clara en el punto de venta, lenguaje no estigmatizante, disponibilidad real en tienda y un precio coherente con la propuesta de valor.
El precio, de hecho, actúa como incentivo: dos tercios de los consumidores considera razonable que estos productos tengan un coste inferior, no tanto como castigo a su apariencia, sino como incentivo ligado a la reducción del desperdicio.
Uno de los mensajes más relevantes del estudio es que la compra de alimentos “imperfectos” deja de percibirse como un acto puntual de conciencia ecológica y empieza a consolidarse como una opción integrada en la cesta habitual, siempre que la experiencia sea positiva.
Para la industria y la distribución, el reto ya no es solo técnico, sino comercial y comunicativo: convertir lo que antes era un descarte en un producto legítimo, comprensible y atractivo para el consumidor medio. Un desafío que, bien gestionado, puede traducirse en menos desperdicio, más eficiencia y nuevas oportunidades de negocio en el lineal.