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La industria alimentaria europea atraviesa una transformación profunda marcada por el avance de la sostenibilidad, la presión creciente del consumidor y la consolidación de la marca de distribuidor como motor clave del mercado. Ana Ruiz, socia de Trascendent, nos da las claves para impulsar una estrategia sostenible de éxito.
Los fabricantes —responsables de producir buena parte de los alimentos que llegan a los lineales de los supermercados— deben responder a exigencias cada vez más diversas de sus clientes —retailers, marcas de distribuidor y co-manufacturers—, en un entorno regulatorio en evolución.
Este artículo analiza por qué esta tensión se ha intensificado, cómo impacta de forma desigual según la madurez de cada cliente y qué estrategias realistas permiten avanzar sin comprometer la rentabilidad.
En 2025, el 46% de los consumidores europeos afirma que compra productos más sostenibles para reducir su impacto ambiental, según el EITFood. Sin embargo, esa preocupación convive con factores tradicionales: en muchos casos, el precio y la conveniencia siguen siendo los principales criterios de compra. De hecho, más del 60% de los consumidores europeos declara haber renunciado a opciones sostenibles por su mayor coste.
En este contexto, la marca de distribuidor se ha consolidado como uno de los motores estratégicos del retail europeo. Ya no compite solo en precio: condiciona la innovación, la relación con los fabricantes y la agenda ESG del sector. En este nuevo escenario, los fabricantes alimentarios enfrentan un reto estructural: compatibilizar exigencias ESG crecientes con la presión continua sobre márgenes y eficiencia industrial.
El resultado de esta evolución supone un reto para los fabricantes, en un mercado que combina motivaciones contradictorias y les obliga a encontrar un punto de equilibrio entre sostenibilidad y competitividad. Sus clientes —retailers, marcas de distribuidor y co-manufacturers— presentan niveles muy diferentes de compromiso con la sostenibilidad. Mientras algunos exigen productos con trazabilidad total, bajas emisiones y principios de economía circular, otros priorizan el precio y el volumen de producción.
A estas contradicciones hay que añadir un entorno regulatorio europeo en transformación, que, incluso teniendo en cuenta el proceso en curso de retraso y revisión del alcance de algunas de las normativas previstas como la CSRD o EUDR, está en expansión con la introducción de normativa específica como ESPR (Reglamento de Ecodiseño) y PPWR (Reglamento de Envases y Residuos de Envases) que fijan obligaciones sobre circularidad, contenido reciclado y minimización del impacto de los envases y el Digital Product Passport que estandarizará la trazabilidad digital de productos, materiales y emisiones.
Esta regulación ya está marcando la agenda de los productores en materia de transparencia, gestión de la cadena de valor, la trazabilidad de los productos y el etiquetado verde. Este entramado regulatorio refuerza la necesidad de estructuras industriales ágiles y modelos de inversión progresiva que integren la sostenibilidad en el núcleo operativo de las compañías.
El dilema del productor entre eficiencia y sostenibilidad atraviesa toda la cadena de valor. Un estándar único —como exigir materias primas certificadas o limitar la huella de carbono— puede resultar inasumible para retailers, marcas de distribuidor y co-manufacturers, más sensibles al precio. Sin embargo, adaptar las exigencias a cada contrato aumenta la complejidad operativa y el riesgo de incoherencias.
A ello se suman los costes derivados de la trazabilidad digital, las certificaciones o las primas sociales, que no siempre pueden trasladarse al precio final. Además, la exposición pública a los datos ESG de los clientes multiplica el riesgo reputacional: un fallo en la cadena puede afectar a toda la cartera. Y en paralelo, muchas estructuras industriales no están dimensionadas para gestionar distintos esquemas de auditoría o reporte, en un marco normativo en constante cambio y que se traduce en incertidumbre regulatoria pudiendo llegar a alterar las inversiones en circularidad o trazabilidad.
Frente a ello, los eslabones de fabricación de la cadena de valor alimentaria necesitan enfoques estratégicos y pragmáticos que equilibren eficiencia y sostenibilidad.
Ante este panorama, los fabricantes buscan estrategias pragmáticas que combinen competitividad y cumplimiento ESG. Cuatro enfoques se consolidan como los más eficaces:
Conclusión
En un entorno europeo en plena transición regulatoria, los fabricantes de alimentos no pueden permitirse ni la rigidez operativa ni la falta de visión estratégica. La diversidad de madurez ESG entre clientes exige enfoques flexibles, colaborativos y escalables. Quienes logren construir plataformas internas ágiles —capaces de adaptarse a distintos niveles de exigencia sin sacrificar eficiencia— estarán mejor posicionados ante la competencia y el marco europeo. La disrupción vendrá de quienes integren la sostenibilidad en el núcleo de su modelo industrial, pero el camino hacia ahí puede ser gradual y estratégico.