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Imagina una economía en la que nada se desperdicia. Los materiales vuelven al ciclo productivo, los recursos se aprovechan al máximo y los residuos dejan de ser un problema para convertirse en una oportunidad. Un modelo en el que producir y cuidar el planeta no son objetivos contrapuestos, sino parte de la misma lógica. Ese es el fin de la economía circular.
Sin embargo, la realidad aún dista mucho de ese escenario. España se sitúa en un 7,4% de circularidad, lejos del 20% que Europa ha fijado como objetivo para 2030. Cerrar esa brecha no es sencillo, pero tampoco imposible. Exige estrategias concretas, voluntad de cambio y herramientas que permitan a empresas e instituciones dar pasos reales en la dirección correcta.
En ese camino, los envases juegan un papel protagonista. Son uno de los principales flujos de residuos generados y, al mismo tiempo, uno de los ámbitos donde las decisiones tienen mayor impacto en la circularidad. Lo que se diseña, cómo se recoge y cómo se trata determina en gran medida si los materiales vuelven al sistema o se pierden para siempre.
Avanzar hacia la economía circular en el ámbito de los envases requiere actuar en dos frentes: el diseño y la tecnología.
El primero empieza antes de que el envase exista. El ecodiseño propone pensar en la reciclabilidad desde el origen, eligiendo materiales, formas y procesos que faciliten su recuperación al final del ciclo. Un envase bien diseñado no solo genera menos residuos, también reduce costes y aumenta el valor del material que puede recuperarse. La regulación europea ya apunta en esa dirección, trasladando el foco de cuánto se recicla a qué se pone en el mercado y cómo. Las empresas que se anticipen a esa lógica no solo cumplen: ganan en competitividad.
El segundo frente es la tecnología. La inteligencia artificial está transformando la forma en que se gestiona todo el ciclo, desde la recogida hasta el tratamiento. Herramientas que optimizan rutas, sistemas que clasifican envases con mayor precisión o plataformas que permiten medir el impacto de cada decisión están redefiniendo la eficiencia del sistema. La digitalización no es un complemento, es parte estructural de la solución.
Organizaciones como Ecoembes llevan años construyendo precisamente ese ecosistema de herramientas, ofreciendo resultados que ya son visibles.
Ecoembes ha desarrollado soluciones concretas para acompañar a las empresas de envases en cada fase de ese recorrido hacia la circularidad. Una de las más relevantes es CircularCheck, una plataforma que permite evaluar la reciclabilidad de un envase antes de fabricarlo, simulando mejoras y anticipando su comportamiento en el sistema real. En un escenario donde la normativa exigirá niveles mínimos de reciclabilidad, diseñar bien desde el inicio ya no es una ventaja sino una condición para operar.
La iniciativa de apostar por el ecodiseño ya ha proporcionado resultados. En el periodo 2021-2023, más de 2.000 empresas vinculadas a Ecoembes aplicaron más de 10.400 medidas de ecodiseño, logrando un ahorro de 78.600 toneladas de materia prima y evitando la emisión de más de un millón de toneladas de CO2. Cifras que demuestran que innovar en el diseño del envase no es solo una decisión ambiental, ya que tiene un impacto directo y medible en la eficiencia del sistema.
Un ejemplo concreto de hasta dónde puede llegar la innovación tecnológica aplicada al reciclaje es la planta de Amorebieta, en Bizkaia. Gracias a sistemas de selección óptica basados en inteligencia artificial, es capaz de clasificar más tipos de envases con mayor precisión, elevando la calidad del material recuperado y ampliando sus posibilidades de uso en el mercado.
La economía circular no se alcanza con un solo cambio. Se construye con decisiones acumuladas: diseñar envases pensando en su segunda vida, incorporar tecnología que mejore cada fase del ciclo y medir el impacto real de cada elección. En el sector del envase, la innovación no es una opción más entre otras. Es la diferencia entre seguir generando residuos y empezar a generar valor.